CITAS DE M. BORGHESI
El sujeto ausente. Educación y escuela, entre
el nihilismo y la memoria:
“El maestro da forma a aquella espera escatológica
de la que surge la tradición, la cultura, el arte. Acompaña
el yo del discípulo en su camino desde la certeza a la verdad,
en la autentificación de sus justas exigencias, en la valoración
de su vida. Sostiene y provoca la curiosidad natural hacia el cumplimiento
de su meta. De su viva voz, el discípulo aprende el asombro originario
frente al mundo, el milagro incomprensible de la existencia. De él,
fuente viva de una tradición abierta al Misterio, proviene el
deseo de vencer el poder de la nada que, difusa y sutil, le aprieta
la garganta en la hora presente” (p. 36)
“La revolución como cambio radical del hombre y de la sociedad
no es más que el último paso de “un hombre en rebeldía”,
cuyo momento inicial viene dado por el rechazo, por parte de los hijos,
de la figura del padre... El cambio es transformación del Ser,
no su reconocimiento… La revolución se convierte, de este
modo, en sublimación del nihilismo, en exasperación y
ocultamiento del mismo” (p. 39-40)
“La hora presente… sitúa a la institución
escolar ante una paradoja: por un lado, la cultura que ella transmite,
fundada en la idea de la abolición del yo, es solidaria con el
nihilismo imperante, con la idea de mercantilización integral
de la vida. Por otro, se le pide reaccionar ante la degradación,
forjar modelos positivos, responder a las emergencias sociales mediante
cursos sobre droga, medio ambiente, educación sexual, vial, de
la salud, etc. Se pide a la escuela una conciencia ética, humanista,
en el momento mismo en que se convierte en lugar de sepultura de aquella
tradición. Esta aporía señala los términos
en que se plantea el problema educativo hoy: se trata de la afirmación
del yo, del redescubrimiento del yo como objetivo prioritario de la
pedagogía actual” (p. 56-57)
“Para el despertar de la conciencia y el formarse de la personalidad
no es suficiente la revisión crítica de los contenidos
de la tradición. El renacimiento del yo no puede ser el mero
resultado de un discurso cultural… [Es precisa] una provocación
existencial e intelectual del educador. En la experiencia educativa
emerge no sólo la transmisión de los datos, la ‘comunicación
directa’, sino también, y de modo decisivo, la que Kierkegaard
llama la ‘comunicación indirecta’, existencial. El
educador, lejos de abstraerse de sí, está implicado en
lo que comunica” (p. 61)
[Se ha destacado] “la gran desmemoria de fin de siglo con su voluntad
de olvidar… La memoria está ligada a acontecimientos, a
eventos que marcan el tiempo y el espacio. La memoria se despierta cuando
se dan acontecimientos reales que conmocionan. En un contexto en el
que todo es indiferente, todo da igual, todo es intercambiable, la memoria
está como atenuada, disuelta… Mientras Occidente se sumerge
en el olvido… otros elaboran la memoria como venganza, el resentimiento
y, por lo tanto, de algún modo, el odio” (p. 85). [Lo más
grave es que] “el yo sin memoria es un yo … con la nada
tras de sí, clavado en un presente alucinante. Miraría
el mundo, pero no sabría decir nada, no tendría las categorías
para poder interpretarlo. No reconocería nada y todo sería
nuevo… El yo es esencialmente memoria, hasta el punto de que la
desmemoria es pérdida de la identidad” (p. 87)
“El educador, como recuerda Platón en las estupendas páginas
del Fedro, debe ‘escribir sobre las almas’, debe calibrar
el propio discurso no de manera abstracta, en general, sino sobre oyentes
particulares, debe tener en cuenta la especificidad de las almas…
Un estudiante tiene capacidad para cierta cosa, otro tiene un cierto
tipo de experiencia, es necesario partir de estos puntos de interés,
valorarlos; cada individualidad se convierte en un punto de interés
mediante el cual enganchar “la cosa”. Se precisa, de algún
modo, provocar la anamnesia, es decir, buscar el nexo con lo que uno
ya sabe, con la experiencia que uno ya tiene, la cual, por pobre que
sea, no puede nunca ser censurada” (p. 88)
“El intelecto enferma cuando muere en el vacío, cuando
no tiene ya en cuenta la realidad; el exceso de formalismo produce una
especie de locura. Frente a una posición como ésta sería
un error pensar en curar al paciente demostrándole que se equivoca.
No se trata de continuar trabajando dentro del terreno de la enfermedad;
se trata, según Rosenzweig, de llevar al paciente a lo abierto,
hacerle respirar la realidad, provocarlo a ver el mundo. Es preciso,
pues, colocarle frente a algo que no es él…El educador
debe encontrar entonces lugares de redención, no de utopía,
lugares en los que el futuro esté ya en el pasado, lugares del
presente preñados de pasado en los que centellee el futuro. En
este sentido, el educador introduce, por una parte, en la memoria, pero,
por otra, libera de la memoria tirana de la propia imagen, dándole
confianza, sacándole de los preconceptos y prejuicios que tiene
para consigo mismo. Por lo tanto, no el autoanálisis, sino el
dirigir la mirada sobre alguien diferente a sí mismo, el suscitar
la maravilla, el despertar el interés es obra prioritaria”
(p. 91-92)
“Hay una experiencia de valor fundamental sobre la que la filosofía
occidental ha reflexionado, extrañamente, muy poco: la del amor
de la madre por su niño… Este tierno y frágil ‘yo’,
no consciente todavía de sí mismo, ve en mundo en los
ojos maternos, la sonrisa de la madre lo abre al mundo… Representa
la experiencia originaria de la cual depende la ‘apertura’
o la ‘clausura’ del espíritu, su entregarse confiado
al ser o su extrañamiento cargado de sospecha… Es la memoria
de esta experiencia, solicitada una y otra vez por la realidad, la que
mueve a la razón a encontrar una plenitud conforme al deseo del
yo, una plenitud respecto a la que el ‘tu’ de la madre reviste
un significado decididamente analógico… Maravilla frente
al ser y, al mismo tiempo, turbación ante su caducidad: he aquí
la tensión de la que brota todo auténtico preguntar originario…
La experiencia originaria, si no es confirmada por un acontecimiento,
gratuito e inesperado, capaz de traspasar el muro de la muerte, no puede
más que resolverse en tristeza, en nostalgia melancólica
de la infancia despreocupada y de la juventud perdida. Sólo la
presencia física y tangible del Misterio que está detrás
del ser del mundo, capaz de confirmar la positividad del ser contra
la nada, puede restituir al hombre las certezas perdidas… La palabra
redentora con la que la filosofía occidental ha contado durante
el transcurso de dos milenios se llama cristianismo… un hecho
histórico particular que contiene en sí la pretensión
de tener valor universal, de corresponder a aquellas esperanzas constitutivas
de la naturaleza humana que no encuentran, de por sí, cumplida
satisfacción por arte del hombre” (p. 103-106).
“Como apuntaba Camus: “reconocí que es verdad que
existen algunas personas más grandes y auténticas que
otras. Y que forman a través del mundo una sociedad invisible
y visible que justifica el vivir”. La percepción existencial
de que el ser vale más que la nada, de que los entes no merecen
perecer, pasa a través de la experiencia de la positividad ajena.
Es necesario amar un ‘particular’ para que el universo sea
considerado digno de existir” (p. 110)
“La salvación pasa, de este modo, a través de la
relación con una persona… Como observaba Romano Guardini,
el realismo cristiano implica la ley ‘según la cual el
Dios invisible e ignoto no se manifiesta desde el abismo de nuestro
ánimo, como exige la mística absoluta; ni a través
de la suprema elevación del pensamiento… ni en el esfuerzo
de la aspiración moral y del desinterés del mundo…,
sino por el rostro del hombre y la palabra de Cristo’” (p.
112)
“En un mundo sin belleza, escribe von Balthasar, también
el bien pierde su fuerza de atracción… y el hombre queda
perplejo frente a ello y se pregunta por qué no debe más
bien preferir el mal… En un mundo que o se cree ya capaz de afirmar
lo bello, los argumentos a favor de la verdad han agotado su fuerza
de conclusión lógica’… Un mundo sin belleza
es una tierra desolada habitada por la desesperación, es la medianoche
del nihilismo. Este mundo desolado, el abismo de nuestros pensamientos,
está hoy recubierto, oculto, por el arte como técnica
de lo imaginario, de la fabulación mediática, por el centelleo
de los colores y la intromisión de los sonidos que llena nuestros
días. La sociedad estética, virtual, es la sociedad en
la que los límites de lo real e imaginario se vuelven frágiles.
Mundo excitante… que para poder funcionar necesita del descuido
y del olvido” (p. 115-116).
“Pero no siempre ha sido ni es así: “La belleza reside
en un amor que, como dice el Cantar de los cantares, “es fuerte
como la muerte”, un amor capaz de desafiar a la muerte, a la nada,
al odio, a todo lo que hace la vida perdida y miserable. Al hacer esto,
el artista restituye dignidad y belleza a la existencia, la hace ‘digna
de ser’. El vínculo entre arte y belleza no se da aquí
sobre las cenizas del mundo, … es intuición estética,
sensible, de una redención posible, de una ‘gracia’
que asoma… El arte abre aquí un trozo de cielo sobre un
mundo cubierto de densa calina, hace entrever una chispa de redención
dentro de una tierra abandonada a sí misma. El gran arte es epifanía
de lo bello. Esta ‘epifanía’ presupone una mirada.
La belleza que se manifiesta requiere ser acogida, apreciada…
¡lo bello puede ser visto!... ‘La Belleza recibe la suerte
de ser lo más manifiesto y más digno de amor’ (Platón,
Fedro, 250 d)” (p. 117)
“El arte triunfa en la empresa cuando hace entrever… la
presencia del misterio dentro de lo particular, cuando no rechaza la
realidad o acepta degradarla al reino de las sombras. El gran arte surge
del estupor frente a la cosa, ante un detalle escondido… El arte
es amor a lo concreto. En esto reside su moralidad” (p. 124)
“La ‘experiencia’ del Ser se da dentro de una trama
de relaciones en las que el Ser ‘es’. Esa trama puede constituir
el límite que impide a la mirada abrirse, pero puede también
representar el terreno fértil desde el que moverse para orientarse
en el mundo. Lo que es cierto es que nuestra experiencia de la realidad
está siempre mediada por rostros encuentros, gestos de humanidad
o de deshumanización que, contenidos en lo concreto del ánimo,
orientan nuestra mirada. A partir de ellos el mundo aparece como digno
o indigno, casa, hospital o cárcel oscura… Esta conclusión
no es simplemente la salida de un juicio lógico cuanto el resultado
de una experiencia… El hombre tiene una ‘naturaleza’
que, de manera ideal, precede al abrazo materno. En el interior de dicho
abrazo la naturaleza –la promesa inscrita en el yo- puede realizarse
o, si las manos que estrechan son frías, disolverse. La ‘naturaleza’
indica aquí un criterio inmanente cuya realidad es fundamental
para poder fundar un auténtico concepto de experiencia. La madre
no violenta a su hijo, sólo le consiente ser, ser él,
valorando las inclinaciones constitutivas de su ser. Desde esta perspectiva,
la experiencia originaria está al servicio del proceso de actuación
del yo en el que consiste, para toda persona, la experiencia elemental.
La experiencia originaria hace, pues, evidente un criterio inmanente,
un rostro interno del yo, a partir del cual se hace posible una confrontación
con la realidad, una experiencia del mundo” (p. 133-134) “Dicho
núcleo, la chispa del alma, constituye la impronta interior,
el corazón del yo, su subjetividad profunda. Esta, el conjunto
de las exigencias, está modulada por la experiencia originaria
de la relación con la madre y el padre… La experiencia
originaria abre a la experiencia elemental, modula la apertura o la
clausura, da vigor y relieve a las exigencias originales del yo –su
vis apetitiva- o, por el contrario, es responsable de su atenuación”
(p. 135)
“La admisión de un núcleo de exigencias constitutivas
del yo, de su naturaleza, es fundamental para establecer una noción
de experiencia que no sea puramente empirista” (p. 135) “Las
exigencias constitutivas representan en efecto, en el yo, una herida
abierta. Una exigencia es índice de una falta, de un vacío,
de una necesidad… Por eso me asomo fuera, a la búsqueda
de una belleza que me satisfaga, que colme mi ser y aleje mi angustia,
mi hundirse en la nada. Si ésta es la dinámica de la experiencia
se entiende …el relieve que debe concederse a la educación
en y del deseo. En un mundo en el que la explotación del deseo,
privado del objeto, es la premisa de todo business, la educación
se opone a su instrumentalización” (p. 136). “La
educación … confirma el carácter positivo del preguntar,
cuando aprueba… el corazón inquieto (Agustín), sosteniendo
el deseo del yo, de su felicidad, hacia su cumplimiento. La educación
es provocación a la experiencia. No sustituye a la experiencia:
éste es el límite del ideologismo y del escolasticismo
árido” (p. 137-138)
“Desde Descartes a Hegel, la construcción de la certeza
elevada sobre la nada originaria de la duda filosófica, implica
la des-realización del mundo entendido como ‘otro’,
el disminuir de su aspecto teofánico. El mundo ya no es ‘signo’
porque ningún camino conduce a Dios a través del ser del
mundo y del tú de los otros hombres” (p. 154). “El
preconcepto desde el que se mueve al cientifismo materialista corta
el vínculo entre teoría y mundo de la vida. Debe negar
la evidencia inmediata de la que se alimenta su mismo ser… La
ideología impide afirmar el contenido de la visión y de
la experiencia, marca la distancia que separa la mirada del concepto,
la visión ordinaria del hombre común de la intelectual.
Esta disociación no es sólo del materialista sino también
del pensador idealista… El realismo está fundado sobre
la evidencia del conocimiento sensible… Sólo la recuperación
de dicha evidencia permite el acceso a una región del ser que
queda excluida del racionalismo moderno, aquel reino de la intersubjetividad
cuya comprensión no viene dada por el esprit de geometrie sino
por la certeza moral. Esta certeza es el producto de un conocimiento
intuitivo que, fundado sobre la evidencia de los datos sensible, no
es, en absoluto, irracional” (p. 155-157). Porque este es “el
nudo que hay en el centro del debate epistemológico contemporáneo:
el de la realidad o no de los ‘objetos’ de la ciencia. Emerge
así, en el seno mismo del saber científico, la problemática
propia de la filosofia moderna sobre el objeto, si éste es ‘construido’
por el pensamiento o ‘encontrado’, la problemática
del realismo y el antirrealismo” (p. 161).
“La confrontación con la ética clásica lleva
a Macintyre a actualizar el método narrativo como procedimiento
necesario para la educación moral. A diferencia de la moral moderna,
que procede según reglas, la moral antigua presupone modelos.
Por eso, según el autor, ‘en todas las culturas griega,
medieval o renacentista… los principales medios de la educación
moral consisten en narrar historias’…La desaparición
de la narración depende de una mora formal que ya no sabe captar
lo humano en personajes, figuras, ethos vivientes… ‘Es escuchando
historias de pérfidas madrastras, de reyes buenos pero mal aconsejados,
de lobas que amamantan gemelos, de hijos de segundo grado que no reciben
ninguna herencia pero deben abrirse camino por sí solos en el
mundo e hijos mayores que dilapidan su herencia en una existencia disoluta
y marchan al exilio para vivir como los cerdos, como los niños
aprenden…” (p. 74-75)