El intervencionismo de la L.O.E.

Urge recuperar al maestro
por Juan Luis Vázquez

De un Parque a la Moncloa
por Fernando de Haro

Es tiempo de educar
por Herminia Cid García

Notas desde lo jurídico
por Alberto Llabrés

Manifiesto sobre la LOE
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Manifiesto sobre la LOE
Asociación Cultural ARCYP

Educar es un riesgo
por José luis Restán


La mala educación de Zapatero
por Fernando de Haro

Si hubiese una educación del pueblo, todo sería mejor
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Citas
Selección de citas sobre la educación

Citas
de Massimo Borghesi

La educación está en la calle
Descarga aquí el vídeo de entrevistas realizado para el acto de presentación de la campaña
20 de octubre de 2005

CITAS DE M. BORGHESI
El sujeto ausente. Educación y escuela, entre el nihilismo y la memoria:

“El maestro da forma a aquella espera escatológica de la que surge la tradición, la cultura, el arte. Acompaña el yo del discípulo en su camino desde la certeza a la verdad, en la autentificación de sus justas exigencias, en la valoración de su vida. Sostiene y provoca la curiosidad natural hacia el cumplimiento de su meta. De su viva voz, el discípulo aprende el asombro originario frente al mundo, el milagro incomprensible de la existencia. De él, fuente viva de una tradición abierta al Misterio, proviene el deseo de vencer el poder de la nada que, difusa y sutil, le aprieta la garganta en la hora presente” (p. 36)

“La revolución como cambio radical del hombre y de la sociedad no es más que el último paso de “un hombre en rebeldía”, cuyo momento inicial viene dado por el rechazo, por parte de los hijos, de la figura del padre... El cambio es transformación del Ser, no su reconocimiento… La revolución se convierte, de este modo, en sublimación del nihilismo, en exasperación y ocultamiento del mismo” (p. 39-40)

“La hora presente… sitúa a la institución escolar ante una paradoja: por un lado, la cultura que ella transmite, fundada en la idea de la abolición del yo, es solidaria con el nihilismo imperante, con la idea de mercantilización integral de la vida. Por otro, se le pide reaccionar ante la degradación, forjar modelos positivos, responder a las emergencias sociales mediante cursos sobre droga, medio ambiente, educación sexual, vial, de la salud, etc. Se pide a la escuela una conciencia ética, humanista, en el momento mismo en que se convierte en lugar de sepultura de aquella tradición. Esta aporía señala los términos en que se plantea el problema educativo hoy: se trata de la afirmación del yo, del redescubrimiento del yo como objetivo prioritario de la pedagogía actual” (p. 56-57)

“Para el despertar de la conciencia y el formarse de la personalidad no es suficiente la revisión crítica de los contenidos de la tradición. El renacimiento del yo no puede ser el mero resultado de un discurso cultural… [Es precisa] una provocación existencial e intelectual del educador. En la experiencia educativa emerge no sólo la transmisión de los datos, la ‘comunicación directa’, sino también, y de modo decisivo, la que Kierkegaard llama la ‘comunicación indirecta’, existencial. El educador, lejos de abstraerse de sí, está implicado en lo que comunica” (p. 61)

[Se ha destacado] “la gran desmemoria de fin de siglo con su voluntad de olvidar… La memoria está ligada a acontecimientos, a eventos que marcan el tiempo y el espacio. La memoria se despierta cuando se dan acontecimientos reales que conmocionan. En un contexto en el que todo es indiferente, todo da igual, todo es intercambiable, la memoria está como atenuada, disuelta… Mientras Occidente se sumerge en el olvido… otros elaboran la memoria como venganza, el resentimiento y, por lo tanto, de algún modo, el odio” (p. 85). [Lo más grave es que] “el yo sin memoria es un yo … con la nada tras de sí, clavado en un presente alucinante. Miraría el mundo, pero no sabría decir nada, no tendría las categorías para poder interpretarlo. No reconocería nada y todo sería nuevo… El yo es esencialmente memoria, hasta el punto de que la desmemoria es pérdida de la identidad” (p. 87)

“El educador, como recuerda Platón en las estupendas páginas del Fedro, debe ‘escribir sobre las almas’, debe calibrar el propio discurso no de manera abstracta, en general, sino sobre oyentes particulares, debe tener en cuenta la especificidad de las almas… Un estudiante tiene capacidad para cierta cosa, otro tiene un cierto tipo de experiencia, es necesario partir de estos puntos de interés, valorarlos; cada individualidad se convierte en un punto de interés mediante el cual enganchar “la cosa”. Se precisa, de algún modo, provocar la anamnesia, es decir, buscar el nexo con lo que uno ya sabe, con la experiencia que uno ya tiene, la cual, por pobre que sea, no puede nunca ser censurada” (p. 88)

“El intelecto enferma cuando muere en el vacío, cuando no tiene ya en cuenta la realidad; el exceso de formalismo produce una especie de locura. Frente a una posición como ésta sería un error pensar en curar al paciente demostrándole que se equivoca. No se trata de continuar trabajando dentro del terreno de la enfermedad; se trata, según Rosenzweig, de llevar al paciente a lo abierto, hacerle respirar la realidad, provocarlo a ver el mundo. Es preciso, pues, colocarle frente a algo que no es él…El educador debe encontrar entonces lugares de redención, no de utopía, lugares en los que el futuro esté ya en el pasado, lugares del presente preñados de pasado en los que centellee el futuro. En este sentido, el educador introduce, por una parte, en la memoria, pero, por otra, libera de la memoria tirana de la propia imagen, dándole confianza, sacándole de los preconceptos y prejuicios que tiene para consigo mismo. Por lo tanto, no el autoanálisis, sino el dirigir la mirada sobre alguien diferente a sí mismo, el suscitar la maravilla, el despertar el interés es obra prioritaria” (p. 91-92)

“Hay una experiencia de valor fundamental sobre la que la filosofía occidental ha reflexionado, extrañamente, muy poco: la del amor de la madre por su niño… Este tierno y frágil ‘yo’, no consciente todavía de sí mismo, ve en mundo en los ojos maternos, la sonrisa de la madre lo abre al mundo… Representa la experiencia originaria de la cual depende la ‘apertura’ o la ‘clausura’ del espíritu, su entregarse confiado al ser o su extrañamiento cargado de sospecha… Es la memoria de esta experiencia, solicitada una y otra vez por la realidad, la que mueve a la razón a encontrar una plenitud conforme al deseo del yo, una plenitud respecto a la que el ‘tu’ de la madre reviste un significado decididamente analógico… Maravilla frente al ser y, al mismo tiempo, turbación ante su caducidad: he aquí la tensión de la que brota todo auténtico preguntar originario… La experiencia originaria, si no es confirmada por un acontecimiento, gratuito e inesperado, capaz de traspasar el muro de la muerte, no puede más que resolverse en tristeza, en nostalgia melancólica de la infancia despreocupada y de la juventud perdida. Sólo la presencia física y tangible del Misterio que está detrás del ser del mundo, capaz de confirmar la positividad del ser contra la nada, puede restituir al hombre las certezas perdidas… La palabra redentora con la que la filosofía occidental ha contado durante el transcurso de dos milenios se llama cristianismo… un hecho histórico particular que contiene en sí la pretensión de tener valor universal, de corresponder a aquellas esperanzas constitutivas de la naturaleza humana que no encuentran, de por sí, cumplida satisfacción por arte del hombre” (p. 103-106).

“Como apuntaba Camus: “reconocí que es verdad que existen algunas personas más grandes y auténticas que otras. Y que forman a través del mundo una sociedad invisible y visible que justifica el vivir”. La percepción existencial de que el ser vale más que la nada, de que los entes no merecen perecer, pasa a través de la experiencia de la positividad ajena. Es necesario amar un ‘particular’ para que el universo sea considerado digno de existir” (p. 110)
“La salvación pasa, de este modo, a través de la relación con una persona… Como observaba Romano Guardini, el realismo cristiano implica la ley ‘según la cual el Dios invisible e ignoto no se manifiesta desde el abismo de nuestro ánimo, como exige la mística absoluta; ni a través de la suprema elevación del pensamiento… ni en el esfuerzo de la aspiración moral y del desinterés del mundo…, sino por el rostro del hombre y la palabra de Cristo’” (p. 112)

“En un mundo sin belleza, escribe von Balthasar, también el bien pierde su fuerza de atracción… y el hombre queda perplejo frente a ello y se pregunta por qué no debe más bien preferir el mal… En un mundo que o se cree ya capaz de afirmar lo bello, los argumentos a favor de la verdad han agotado su fuerza de conclusión lógica’… Un mundo sin belleza es una tierra desolada habitada por la desesperación, es la medianoche del nihilismo. Este mundo desolado, el abismo de nuestros pensamientos, está hoy recubierto, oculto, por el arte como técnica de lo imaginario, de la fabulación mediática, por el centelleo de los colores y la intromisión de los sonidos que llena nuestros días. La sociedad estética, virtual, es la sociedad en la que los límites de lo real e imaginario se vuelven frágiles. Mundo excitante… que para poder funcionar necesita del descuido y del olvido” (p. 115-116).

“Pero no siempre ha sido ni es así: “La belleza reside en un amor que, como dice el Cantar de los cantares, “es fuerte como la muerte”, un amor capaz de desafiar a la muerte, a la nada, al odio, a todo lo que hace la vida perdida y miserable. Al hacer esto, el artista restituye dignidad y belleza a la existencia, la hace ‘digna de ser’. El vínculo entre arte y belleza no se da aquí sobre las cenizas del mundo, … es intuición estética, sensible, de una redención posible, de una ‘gracia’ que asoma… El arte abre aquí un trozo de cielo sobre un mundo cubierto de densa calina, hace entrever una chispa de redención dentro de una tierra abandonada a sí misma. El gran arte es epifanía de lo bello. Esta ‘epifanía’ presupone una mirada. La belleza que se manifiesta requiere ser acogida, apreciada… ¡lo bello puede ser visto!... ‘La Belleza recibe la suerte de ser lo más manifiesto y más digno de amor’ (Platón, Fedro, 250 d)” (p. 117)

“El arte triunfa en la empresa cuando hace entrever… la presencia del misterio dentro de lo particular, cuando no rechaza la realidad o acepta degradarla al reino de las sombras. El gran arte surge del estupor frente a la cosa, ante un detalle escondido… El arte es amor a lo concreto. En esto reside su moralidad” (p. 124)

“La ‘experiencia’ del Ser se da dentro de una trama de relaciones en las que el Ser ‘es’. Esa trama puede constituir el límite que impide a la mirada abrirse, pero puede también representar el terreno fértil desde el que moverse para orientarse en el mundo. Lo que es cierto es que nuestra experiencia de la realidad está siempre mediada por rostros encuentros, gestos de humanidad o de deshumanización que, contenidos en lo concreto del ánimo, orientan nuestra mirada. A partir de ellos el mundo aparece como digno o indigno, casa, hospital o cárcel oscura… Esta conclusión no es simplemente la salida de un juicio lógico cuanto el resultado de una experiencia… El hombre tiene una ‘naturaleza’ que, de manera ideal, precede al abrazo materno. En el interior de dicho abrazo la naturaleza –la promesa inscrita en el yo- puede realizarse o, si las manos que estrechan son frías, disolverse. La ‘naturaleza’ indica aquí un criterio inmanente cuya realidad es fundamental para poder fundar un auténtico concepto de experiencia. La madre no violenta a su hijo, sólo le consiente ser, ser él, valorando las inclinaciones constitutivas de su ser. Desde esta perspectiva, la experiencia originaria está al servicio del proceso de actuación del yo en el que consiste, para toda persona, la experiencia elemental. La experiencia originaria hace, pues, evidente un criterio inmanente, un rostro interno del yo, a partir del cual se hace posible una confrontación con la realidad, una experiencia del mundo” (p. 133-134) “Dicho núcleo, la chispa del alma, constituye la impronta interior, el corazón del yo, su subjetividad profunda. Esta, el conjunto de las exigencias, está modulada por la experiencia originaria de la relación con la madre y el padre… La experiencia originaria abre a la experiencia elemental, modula la apertura o la clausura, da vigor y relieve a las exigencias originales del yo –su vis apetitiva- o, por el contrario, es responsable de su atenuación” (p. 135)

“La admisión de un núcleo de exigencias constitutivas del yo, de su naturaleza, es fundamental para establecer una noción de experiencia que no sea puramente empirista” (p. 135) “Las exigencias constitutivas representan en efecto, en el yo, una herida abierta. Una exigencia es índice de una falta, de un vacío, de una necesidad… Por eso me asomo fuera, a la búsqueda de una belleza que me satisfaga, que colme mi ser y aleje mi angustia, mi hundirse en la nada. Si ésta es la dinámica de la experiencia se entiende …el relieve que debe concederse a la educación en y del deseo. En un mundo en el que la explotación del deseo, privado del objeto, es la premisa de todo business, la educación se opone a su instrumentalización” (p. 136). “La educación … confirma el carácter positivo del preguntar, cuando aprueba… el corazón inquieto (Agustín), sosteniendo el deseo del yo, de su felicidad, hacia su cumplimiento. La educación es provocación a la experiencia. No sustituye a la experiencia: éste es el límite del ideologismo y del escolasticismo árido” (p. 137-138)

“Desde Descartes a Hegel, la construcción de la certeza elevada sobre la nada originaria de la duda filosófica, implica la des-realización del mundo entendido como ‘otro’, el disminuir de su aspecto teofánico. El mundo ya no es ‘signo’ porque ningún camino conduce a Dios a través del ser del mundo y del tú de los otros hombres” (p. 154). “El preconcepto desde el que se mueve al cientifismo materialista corta el vínculo entre teoría y mundo de la vida. Debe negar la evidencia inmediata de la que se alimenta su mismo ser… La ideología impide afirmar el contenido de la visión y de la experiencia, marca la distancia que separa la mirada del concepto, la visión ordinaria del hombre común de la intelectual. Esta disociación no es sólo del materialista sino también del pensador idealista… El realismo está fundado sobre la evidencia del conocimiento sensible… Sólo la recuperación de dicha evidencia permite el acceso a una región del ser que queda excluida del racionalismo moderno, aquel reino de la intersubjetividad cuya comprensión no viene dada por el esprit de geometrie sino por la certeza moral. Esta certeza es el producto de un conocimiento intuitivo que, fundado sobre la evidencia de los datos sensible, no es, en absoluto, irracional” (p. 155-157). Porque este es “el nudo que hay en el centro del debate epistemológico contemporáneo: el de la realidad o no de los ‘objetos’ de la ciencia. Emerge así, en el seno mismo del saber científico, la problemática propia de la filosofia moderna sobre el objeto, si éste es ‘construido’ por el pensamiento o ‘encontrado’, la problemática del realismo y el antirrealismo” (p. 161).

“La confrontación con la ética clásica lleva a Macintyre a actualizar el método narrativo como procedimiento necesario para la educación moral. A diferencia de la moral moderna, que procede según reglas, la moral antigua presupone modelos. Por eso, según el autor, ‘en todas las culturas griega, medieval o renacentista… los principales medios de la educación moral consisten en narrar historias’…La desaparición de la narración depende de una mora formal que ya no sabe captar lo humano en personajes, figuras, ethos vivientes… ‘Es escuchando historias de pérfidas madrastras, de reyes buenos pero mal aconsejados, de lobas que amamantan gemelos, de hijos de segundo grado que no reciben ninguna herencia pero deben abrirse camino por sí solos en el mundo e hijos mayores que dilapidan su herencia en una existencia disoluta y marchan al exilio para vivir como los cerdos, como los niños aprenden…” (p. 74-75)